Habitar

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Habitar implica estar con frecuencia en un lugar, pero nada garantiza que el acto de residir esté más relacionado con el abrigo que con el desarraigo. Al menos no en una época como la nuestra. 

Y es por ello que el señor L., protagonista de la historia, aparece silencioso sin poder conciliar el sueño: flota entre las nubes para luego estrellarse contra la realidad de su mono ambiente ubicado bajo tierra. La señal intermitente de la vieja televisión lo obliga a remover sus inquietudes; una extraña llamada lo deja atónito hasta amarrarlo; su viejo sillón lo expulsa cansado de acogerlo; la cobija se yergue desafiante; una vieja muñeca cobra vida y luego se desbarata entre sus manos; su propio gabán intenta liquidarlo; una imagen femenina lo seduce; encuentra el consuelo para la compañía en un obsoleto trozo de madera que se eleva por los aires con espectacular cadencia… todo, todo mientras la madrugada termina y de nuevo puede instalarse en la amenaza de lo cotidiano.

A través de una propuesta corporal que codifica el lenguaje del movimiento, Habitar propone una reflexión sobre un conflicto humano tan antiguo como el propio hombre: la soledad.